jueves, 22 de marzo de 2012

Mi hombre seguía introduciendo aquellos dedos amaestrados, en lo más profundo de mi culo, una culo humedo, desesperado de placer, ansioso de ser perforado, mientras mis manos, casi de forma torpe, iban desabrochando aquella cremallera, que conducía al más enorme que mis manos y mi cuerpo habían sentido nunca. Casi sorprendido, mi cuerpo quiso hacer muestra de rechazo, pero mi alma, deseaba ser taladrada por aquella enorme herramienta.
El no lo dudó, se retiró un sólo instante de mi cuerpo, como queriendo ver el deseo que mis ojos emanaban, evidente, palpable. Mi labio inferior, no paraba de ser agredido por mis propios dientes, como queriendo reprimir aquella ansia, aquel deseo, y sin dudarlo un solo segundo y de forma instintiva, me arrodillé ante aquel órgano de placer, introduciéndola casi de un golpe en mi ávida boca.
Notaba su calor, su fuerza, era casi imposible introducir todo aquello en mi boca, y casi tocando mi campanilla, lamía sin parar aquel enorme pene, turgente y a punto de reventar. Mi lengua la rodeaba, sentía la suavidad de su glande, la dureza de sus venas, palpitantes, y como sus primeros fluidos se depositaban en mi lengua, dejando aquel sabor agridulce, tan fresco y tan caliente a la vez, y notaba las manos de mi hombre como empujaba de forma rítmica mi cabeza a su pene, sintiendo el temblor de sus piernas, el ímpetu de su cuerpo, la fuerza de su ser.






































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